El mito financiero

Prosigue la crisis y ya hay quien prevé una década perdida similar a la que sufrieron los países latinoamericanos durante los años 80. No en vano, el sur de Europa parece abocado a latinoamericanizarse,  forjando inexorablemente sociedades desvertebradas, crecientemente desiguales, arrastradas por el lastre de la deuda y bajo la estricta vigilancia del Fondo Monetario Internacional. Decía recientemente el escritor Isaac Rosa que en esta crisis los ciudadanos nos hemos convertido en espectadores de una película de acción, pasivos y tensos ante la sucesión de acontecimientos vertiginosos. Cabe añadir que no sólo los ciudadanos. Nuestros legítimos representantes políticos aprueban medidas drásticas y, seguidamente, aluden a su ineficacia en el corto e incluso medio plazo. Transmiten la impresión de que los indicadores macroeconómicos conforman una maquinaria ajena a la voluntad humana. Todos protagonizamos un peligroso espectáculo de resignación colectiva.

Nuestra condición de espectadores ha sido alimentada, también, por la jerga económica del momento, reproducida incesantemente por los medios de comunicación. No se trata de un lenguaje excesivamente técnico, jurídico o especializado, pero sí lo suficientemente enigmático para obstaculizar la participación del ciudadano ordinario en los asuntos públicos. La prima de riesgo, los mercados, el rescate, los activos tóxicos, la troika o los cocos son conceptos cuanto menos oscuros, sugerentes y evocadores. Allá por 1932, Bertrand Russell dijo lo siguiente: “Esta situación de incomprensivo respeto por parte del público en general es exactamente lo que necesita el financiero para que la democracia no le ate las manos”, porque “la superstición y el misterio son eficaces para los que detentan el poder financiero”.

Pero como sucede en todos los mitos, las excelencias que frecuentemente les atribuimos son falsas. Nada hay de extraordinario en la evolución de la prima de riesgo o los índices bursátiles, ni siquiera en el diseño de los instrumentos financieros que se hallan en el origen de la crisis. Suele recordarse, y no sin razón, el empeño de Zapatero en ignorar la existencia de la crisis o la insistencia de Rajoy en negar la realidad del rescate, pero suelen pasar inadvertidos los numerosos expertos y analistas financieros que no predijeron la crisis y quienes aseguraban que con el rescate se reduciría la tensión en los mercados. No hay nada de sofisticado en el poder financiero, pero, sin embargo, seguimos haciendo caso a las agencias de calificación, a los hombres de negro y a los ludópatas de los mercados. En las finanzas sólo opera la lógica del beneficio voraz e inmediato. Resulta imprescindible desmitificar el poder financiero para lograr la preeminencia de la economía real, el control democrático sobre los poderes privados y el final del primer mandamiento financiero: la privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas.

En un momento histórico en el que las tecnologías de la información y la comunicación contribuyen a la democratización del conocimiento, sólo es cuestión de tiempo que cada vez más sectores de la sociedad tomen conciencia sobre la supremacía del poder financiero respecto de los poderes públicos. Hasta entonces, las élites políticas sobrevivirán invocando diversos chivos expiatorios, a veces incluso jugando a la antipolítica, como en la Comunidad de Madrid. Si los principales partidos de nuestro país no rompen sus lazos con el poder financiero, serán los ciudadanos quienes les bajen la calificación y los tiren a la basura.

Artículo publicado en el diario El Adelanto de Salamanca (15/06/2012)

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