Sin memoria

Las malas noticias económicas acaparan una actualidad desbocada que nos niega la perspectiva necesaria para analizar el pasado y encarar el futuro. La crisis se ha convertido en un diario mal escrito, un nudo sin desenlace que aburriría si no fuera por que ahoga cada vez a más personas. El ciudadano, indignado o resignado, ya no logra recordar cómo era la vida antes de la crisis, incluso puede llegar a sentir curiosidad por los periódicos de aquella lejana época: ¿de qué se hablaba entonces? Pero no, tampoco fue un período de placidez.

La precariedad laboral, la pérdida de poder adquisitivo y el inacceso a la vivienda se sufrían en silencio, como si fuesen inevitables fuerzas de la naturaleza. Por momentos, el discurso dominante no identificaba a PP y PSOE como un todo indivisible, sino que renacía el problema de las dos Españas. El Gobierno de Zapatero rompía España y la familia, se decía, y la crispación (palabra de moda entonces) impregnaba el Parlamento y las calles, entonces llenas de sotanas.

Otra de las iniciativas que agitaba el debate público era la popularmente llamada Ley de Memoria Histórica. Si con la actual crisis hemos perdido la memoria a corto plazo, la otra, la del largo plazo, nunca la tuvimos. La negación de la memoria histórica debe apuntarse en el pasivo de nuestra caja de herramientas para salir de la crisis. Si en el pasivo económico hemos ido anotando la pérdida, de hecho o de derecho, de herramientas soberanas como, por ejemplo, la política monetaria, en el pasivo político se halla la debilidad de nuestra democracia, que fue fundada en un pacto coyuntural de olvido y no en sólidas bases democráticas.

En gran medida ahí radica nuestro gran déficit de cultura democrática, que alcanza por igual a instituciones públicas y sociedad civil, en el desconocimiento de nuestra historia reciente, en particular del porqué de la dictadura franquista. Sólo así se entiende la tibieza, cuando no colaboración, de la respuesta política ante los ataques del poder económico, y sólo así se entiende que, ante la parálisis permanente de gobernantes e instituciones, la mayoría de los ciudadanos descalifiquen a la clase política sin construir, hasta el momento, otras alternativas políticas. Vía libre, pues, para el populismo y la antipolítica.

Finalmente, la Ley de Memoria Histórica se aprobó, eso sí, podada y gestada con timidez. Aun olvidada, es una ley, una norma que genera derechos y obligaciones, y a la que están sujetos, de manera especial, los poderes públicos. La Ley obliga, entre otras cosas, a que Administraciones públicas retiren “escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura”. Sólo hace unos días el Ayuntamiento de Valencia retiró el título de Alcalde honorario al dictador Francisco Franco, en cumplimiento de una sentencia condenatoria de un Juzgado de lo Contencioso Administrativo de Valencia. Dada la claridad de la Sentencia, el Consistorio que preside Rita Barberá no la recurrió.

Hay que recordar que el Ayuntamiento de Salamanca también concedió honores al dictador (título de Alcalde honorario, cuya existencia discute el equipo de Gobierno, y Medalla de Oro de la ciudad, sí reconocida), por lo que cabe esperar que cumpla con la ley sin necesidad de esperar a una sentencia condenatoria. De lo contrario, sería una gran irresponsabilidad, porque en un Estado de Derecho la ley puede cumplirse o cambiarse, pero no obviarse.

Habrá quien piense que no es tiempo para hablar de honores y deshonores. Pero sólo si recordamos el valor de la democracia, podremos empezar a defenderla ante la presente encrucijada.

Artículo publicado en el diario El Adelanto de Salamanca (28/09/2012).

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