La que se avecina

Allá por el año 2000, el prestigioso politólogo Robert Putnam se percató de que los estadounidenses acudían solos a jugar a los bolos, en contraste con los grupos de amigos que se juntaban años atrás en las boleras. Con la publicación del influyente libro Solo en la bolera surgió el luego manoseado concepto de capital social, que consiste, simplificando, en el conjunto de interrelaciones sociales que se producen en una sociedad, y que tiene múltiples efectos políticos y económicos beneficiosos.

Lo cierto es que desde hace varios lustros fluye en muchos lugares una corriente dominante de individualismo. Numerosos bienes y servicios se ofertan para facilitar la vida solitaria y hogareña: el auge del teletrabajo, las compras por internet, la formación online, la administración electrónica, la emergencia de las consultas médicas virtuales, etc. El mercado como elogio de la soledad.

Una noción más concreta que la de capital social, pero también relacionada, es la de participación política. Aunque hay estudios para todos los gustos, existe una percepción generaliza de que en los últimos años la ciudadanía española delegó en exceso en sus representantes. Si a Putnam le valió la imagen de la soledad en la bolera para describir la realidad social norteamericana, para ilustrar la realidad política de nuestro país bien podría recurrirse a la gestión de una comunidad de propietarios. Las series de televisión Aquí no hay quien viva y posteriormente La que se avecina se sirvieron del símil con un extraordinario sentido del humor. Pero la comparación admite otras visiones más realistas.

¿Qué sucede realmente en las comunidades de vecinos? En la inmensa mayoría de los casos ningún vecino desea formar parte de los órganos de gobierno y menos aún responsabilizarse de la gestión. La figura del administrador, profesional contratado, adquiere así un notable protagonismo. La participación de los propietarios se reduce a la exigencia de satisfacer sus demandas individuales. Los problemas de otros vecinos y el interés colectivo casi nunca son invocados. En resumen, su régimen puede tildarse de plutocracia de propietarios, pues no en vano quien más superficie tiene goza de una mayor cuota de participación.

Algo parecido viene sucediendo en nuestra democracia. Si se ha forjado una clase política (administradores contratados, políticos profesionales o tecnócratas) que gestiona el interés general, se debe principalmente a que los ciudadanos hemos delegado en ella para centrarnos en los asuntos privados. Una verdad dolorosa, aunque también es cierto que el tiempo que dedicamos al trabajo constituye un obstáculo muy importante.

Como si el administrador hubiese sido capturado por los proveedores, los poderes públicos responden principalmente a las demandas de los poderes financieros. La degradación de nuestra comunidad política es tal que muchos propietarios han sido desahuciados y los inquilinos se han quedado fuera del sistema.

Parece ser, no obstante, que la reacción está en marcha. Cada vez hay más voces que consideran inaplicada la Ley de Propiedad Horizontal, o que aspiran a modificarla para lograr una mayor inclusión social.

La que se avecina es gorda y los vecinos están tomando conciencia. La participación en las juntas comienza a concebirse como un deber cívico, porque de nada sirve echar al administrador si no asumimos nuestras responsabilidades de gestión y control. Está en juego el interés de la comunidad.

Artículo publicado en el diario El Adelanto de Salamanca (19/10/2012).

 

 

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