La puerta de la corrupción

Las informaciones sobre casos de corrupción se han multiplicado en los últimos días. Aunque no siempre se recuerda, la corrupción produce efectos nocivos para el conjunto de la economía (ineficiencias e inequidades), de ahí que sea necesario también desde la perspectiva del bienestar material acometer políticas públicas dirigidas a la prevención y reparación de la corrupción, actualmente insuficientes a la vista de los acontecimientos.

Pero dadas las circunstancias que rodean el presente contexto económico, marcado por una espiral de recortes en derechos sociales y un desempleo desbocado, el efecto más perjudicial que ocasiona la corrupción es el descrédito de la política. La democracia no sólo se legitima por los procesos de participación, sino por la eficacia a la hora de proporcionar bienestar a la población. Obviamente, cuando la situación económica de las personas es mala, la valoración de los políticos en general tiende a ser peor. En situaciones así la irrupción de movimientos sociales y políticos de regeneración democrática, ciertamente necesaria, convive con tentativas populistas e incluso autoritarias que pretenden incendiar la democracia con un peligroso discurso anti-político: la corrupción funciona en estos últimos casos como gasolina.

Es difícil saber si en España la corrupción tiene más peso que en otros países. No existen índices fiables al respecto. Pero, por ejemplo, el que elabora la prestigiosa organización Transparencia Internacional, que hace referencia a la percepción de la corrupción, deja a nuestro país muy mal parado: comparte el puesto trigésimo con Botswana. A la caza del elefante, podría decirse. Y la percepción, la impresión que  tiene la ciudadanía de sus representantes, es especialmente reveladora en un sistema democrático. El inmovilismo de representados y representantes no es admisible: hay que exigir y adoptar medidas con carácter urgente y mantener la capacidad de indignación.

Cuando se menciona la palabra corrupción enseguida la asociamos exclusivamente a los políticos, y ello no es del todo exacto. Primero, porque en la corrupción política suele haber actores privados que corrompen a los políticos. Segundo, porque desde 2010 existe un delito de corrupción entre particulares que puede y debe tener un gran recorrido en aras de moralizar la vida económica. Tercero, porque la corrupción, más allá de su trascendencia jurídico-penal, tiene un carácter sistémico en nuestras sociedades: los poderes económicos privados moldean las leyes a su gusto e incluso la aplicación de las mismas. La especulación financiera, los beneficios multimillonarios de las empresas transnacionales, los paraísos fiscales y la impunidad de los causantes de la crisis son manifestaciones de corrupción en un sentido amplio del término, que no necesariamente debe identificarse con ilegalidad, sino con la desviación de los fines de un Estado social y democrático de Derecho.

En el ámbito estrictamente político, hay dos cuestiones de carácter estructural que requieren una especial atención. Por un lado, la financiación de los partidos, que debe ser de origen eminentemente público y absolutamente transparente. Por otro, el problema de la llamada puerta giratoria (revolving door): el flujo de representantes políticos que acaban en dorados retiros de la empresa privada (y viceversa). Por esta puerta salen la ética y la estética y entra la corrupción. El endurecimiento de la legislación de conflictos de intereses es el primer paso para acabar con la corrupción sistémica. Nos jugamos el prestigio de la democracia, el que reste, pero también el sentido de la política económica.

Artículo publicado en el diario El Adelanto (18/01/2012).

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