Reinventar Salamanca

Se acaba agosto, acumulación de e-mails por responder, buzones llenos de propaganda, atascos, la vuelta al cole, el regreso de los presentadores titulares, el inicio de la temporada, del curso político, del año judicial, de la cuesta de septiembre, si es que existe algún mes llano. La depresión postvacacional convive con la apacible tranquilidad que inspira la rutina personal, y como si se tratara de una segunda oportunidad para los incumplidores de las promesas de año nuevo, comenzamos a plantear nuevos propósitos, retos y proyectos. Buena oportunidad, también, para la reflexión colectiva, como familia, empresa, sociedad y, lo que pretendo en estas líneas, como ciudad. Cierto es que la coyuntura económica inhibe los proyectos ambiciosos y las grandes transformaciones. La crisis la sufre la ciudadanía, pero también es una excusa para la inacción de quienes tienen responsabilidades directivas en cualquier ámbito, que se escudan en una máxima recurrente: “Es un mal momento”. Esperar o mantenerse no puede ser un proyecto compartido de ciudad. Hay que tener en cuenta que la crisis golpea a Salamanca de manera singular debido a su precaria estructura económica. La Universidad se halla atada de pies y manos, con una subida de tasas que en el medio plazo puede suponer la reducción del número de alumnos y que, al ensañarse con los alumnos extranjeros, pone trabas a su internacionalización y vocación latinoamericana. La lacra del desempleo juvenil en Salamanca se plasma en una desbocada emigración que envejece a la población. La pérdida de poder adquisitivo de empleados públicos y pensionistas, colectivos de gran peso en la ciudad, además de injusta, ralentiza la actividad económica en perjuicio del pequeño comercio, que no puede competir con las numerosas grandes superficies. Pero más allá de las cifras, del análisis económico material, aunque probablemente como consecuencia de ello, se extiende una percepción de pesimismo colectivo, de estancamiento emocional si cabe, de atonía social y cultural en la ciudad. Hace unos meses, el periodista de viajes Paco Nadal se preguntaba si Salamanca era una ciudad aburrida y, en general, analizaba las claves que convierten a una ciudad histórica en emergente y vanguardista, concluyendo que ello dependía de la personalidad de sus dirigentes políticos. ¿Es consciente la clase dirigente de Salamanca (política, económica y mediática) de este diagnóstico económico y anímico? ¿Es esta clase aquiescente con la situación de parálisis? Para salir del presente atolladero es necesario plantearse las preguntas adecuadas, responder con autocrítica y actuar con voluntad y determinación política. Salamanca tiene un enorme potencial económico y cultural muy desaprovechado, y la crisis no puede ser una excusa para perpetuar un statu quo decimonónico. La ciudad debe optar entre permanecer petrificada o rejuvenecer y apostar por la vanguardia y la transgresión. Si bien las prioridades políticas transversales pasan por la lucha contra la exclusión social, el empleo y el aseguramiento de los derechos sociales, en la administración local pueden y deben desarrollarse proyectos de consenso, compartidos e ilusionantes que revitalicen las ciudades. Las dificultades económicas son un obstáculo evidente, pero deben servir de estímulo para aumentar las dosis de audacia, creatividad y arrojo. Reactivar e implicar a la debilitada sociedad civil, apostar por la sostenibilidad medioambiental como motor de desarrollo, estrechar los lazos fronterizos, exprimir el potencial innovador de la Universidad, fortalecer y diversificar la oferta cultural son desafíos de primer orden que requieren de un gran liderazgo político (ajeno a las consignas partidistas estatales) y una planificación estratégica y consensuada en nuestra ciudad. Resignarse a envejecer o reinventar Salamanca. Recordar o imaginar. A pesar de todo, podemos elegir.

Artículo publicado en el diario El Adelanto de Salamanca (31/09/2012).