Democracia interna

La clase política, los partidos políticos en general, constituye el tercer problema que existe actualmente en España, según el CIS. Las causas del desprestigio de la política son variadas. En primer lugar podría situarse la pérdida de bienestar de la ciudadanía, que responsabiliza directamente a sus representantes de la situación económica, pero también adquieren notable importancia la corrupción y el interesado y perverso discurso del “todos son iguales”, que producen una preocupante desafección política.

Nadie puede obviar que se extiende en nuestro país una percepción generalizada de que los políticos están alejados de la realidad, de que los partidos se han convertido en maquinarias electorales rígidas e impermeables. Se ajuste o no este análisis a la realidad, la percepción forma parte de ésta, por lo que todos los esfuerzos colectivos deberían centrarse en canalizar las demandas de la sociedad. Si no emergen con solidez otras fuerzas políticas, el cuestionamiento de los partidos en general puede devenir en el cuestionamiento del sistema democrático.

En el actual contexto, cambiar las estructuras organizativas de los partidos políticos ha de considerarse prioritario. Se trata de aplicar la máxima tan recurrente como profunda de que los problemas de la democracia se resuelven con más democracia. Los partidos necesitan una mayor capacidad de inclusión, participación, transparencia y rendición de cuentas, objetivos que bien podrían resumirse en la necesidad de una mayor democracia interna.

¿Qué es lo que se debe democratizar en los partidos políticos? La reforma ha de ser doble, tanto en la elaboración de programas y políticas públicas como en la selección de candidatos (elecciones primarias obligatorias). La democracia interna permite un mayor control ciudadano y confiere mayor credibilidad a los partidos. Quienes se oponen a las demandas de democratización de los partidos suelen ser sus propias elites, claro está, y en su discurso oficial alegan posibles costes electorales. Éstos se producirían por varios factores: la cohesión y estabilidad de los partidos perderían fuerza, proliferarían las divisiones y facciones y aumentaría la radicalidad de las propuestas, debido a que los partidos canalizarían las demandas de la militancia frente a las de la ciudadanía. Una forma de pensar de otra época que oculta el interés de perpetuarse en los cargos.

Por tanto, sería muy positivo modificar la Ley de Partidos para establecer la obligatoriedad de las elecciones primarias e instaurar nuevos mecanismos de control. Es imprescindible no sólo aumentar el elenco de derechos de militantes y ciudadanos en relación con los partidos, sino crear estructuras de garantías públicas e independientes para el cumplimiento de esos derechos.

En suma, los partidos políticos tienen los mismos problemas que otras organizaciones de cualquier tipo (empresas, asociaciones, etc.), pero al tratarse de entes sujetos al interés público, está plenamente justificado aumentar los controles en su funcionamiento interno frente a la autonomía privada. El problema es la falta de incentivos para que las élites políticas acometan estos cambios, pero en el largo plazo no tendrán más remedio si no quieren desaparecer.

Los avances en la democracia interna de los partidos, además, tienen un carácter instrumental, porque las élites de los partidos, si subsisten, se verán compelidas a hacer frente al poder económico, principal lastre de nuestro tiempo. La política como solución.

Artículo publicado en el diario El Adelanto (02/11/2012).