Rescatar al fútbol

El C.D. Guijuelo, muy probablemente, dejará de competir en Segunda B por dificultades económicas. La situación de la U.D. Salamanca, en concurso de acreedores, no es mucho mejor. No es un mal salmantino, sino futbolístico, incluso deportivo, pero como el fútbol es el deporte rey también es más dura su caída. Echando la vista atrás, cabe concluir que quienes a inicios de los años noventa impulsaron la conversión de los clubes deportivos en sociedades anónimas se equivocaron. Ya entonces los clubes arrastraban deudas millonarias, por lo que se pensó que se podría mejorar la gestión si los dirigentes invertían su propio dinero. La forma de sociedad anónima deportiva también fue una respuesta adaptativa al imparable proceso de mercantilización del fútbol. Dos décadas después, los problemas económicos de los clubes se han agravado; el ánimo de lucro, la especulación con el valor de los jugadores y la guerra de los derechos televisivos, entre otras causas, forjaron una pomposa burbuja que ha estallado de la mano de la burbuja inmobiliaria. ¿Qué hacer ahora? No se puede negar que los clubes, en su inmensa mayoría, gozan de un notable arraigo social, hasta el punto de que las entidades deportivas conforman identidades de ciudad. Además, el fútbol profesional es una fuente relevante de empleo y contribuye a difundir la práctica deportiva popular, que forma parte de la educación y la cultura, y otros valores inherentes positivos (solidaridad, cooperación, salud), si bien en permanente tensión con agentes nocivos (violencia, xenofobia, dopaje). ¿Son motivos suficientes para rescatar al fútbol, es decir, para que las administraciones públicas asuman las pérdidas de las sociedades anónimas deportivas? Más de un aficionado se responderá, legítimamente, que las entidades financieras, efectivamente rescatadas, carecían de esos méritos, y que si bien eran depositarias de ahorros, los clubes son depositarios de ilusiones y profundos sentimientos de pertenencia. No obstante, hay que tener presente que el rescate público no es una solución plausible, dado el discurso hegemónico de la austeridad, y que existen soluciones mixtas o exclusivamente privadas que pasan por una mayor implicación de la sociedad civil, al menos de quienes se lo puedan permitir.

Una de las enseñanzas que debe dejarnos la crisis del sector futbolístico tiene que ver, precisamente, con la forma en que se canaliza ese arraigo social, ese apego especial, esa sensación a veces indescriptible, mayoritaria pero también incomprensible para ciertas minorías, y que jurídicamente es difícil de conceptualizar: lo que en Salamanca llamaríamos el unionismo. La concepción empresarial de los clubes de fútbol no sólo ha sido un fracaso desde el punto de vista económico, sino que ha convertido a los aficionados en meros consumidores y a los jugadores en mercancía, socavando su esencia identitaria. El inaccesible precio de las entradas, la figura del futbolista-mercenario, que tanto irrita a los seguidores, y los huidizos directivos (inversores, jeques) que legan situaciones económicas insostenibles son claros ejemplos de ese fútbol mercantilizado, desnaturalizado y ajeno al deporte social. La reacción a este degradado estado de cosas ya ha comenzado. Existen algunas experiencias en las que los aficionados han logrado retomar la gestión de los clubes, como es el caso, en Asturias, del Unión Club Ceares. Por otro lado, el interesante proyecto de la Comisión Europea “Mejora de la Gobernanza del Fútbol a través de la Participación de las Aficiones y la Propiedad Comunitaria”, ejecutado en nuestro país mediante la Federación de Accionistas y Socios del Fútbol Español, pretende transparentar y democratizar la gestión de los clubes de fútbol. Cualquier ayuda al fútbol debe venir acompañada del esclarecimiento de responsabilidades de los directivos salientes y la democratización del modelo de gestión. Un rescate con condiciones, justo lo contrario de lo que se hizo con la banca. De lo contrario, más vale empezar desde cero y reinventar el fútbol.

Artículo publicado en el diario El Adelanto de Salamanca (24/08/2012).

El entrenador que incumplió el Estatuto de los Trabajadores

Los aficionados al fútbol le recordarán: Juan Eduardo Esnáider, el delantero argentino que se inició en el Madrid y triunfó en Zaragoza. Ahora es el entrenador del  filial del Real Zaragoza, y hoy ha sido uno de los protagonistas en los medios de comunicación. Esnáider ha prohibido presentarse a los exámenes de Selectividad a un joven jugador de su equipo, porque, según el técnico argentino: “Eres futbolista. Tienes contrato profesional. Los estudios son incompatibles con el fútbol. Lo que hay que hacer cuando terminas de entrenar es descansar, no estudiar”.

Sin embargo, ignora el técnico argentino que nuestro Ordenamiento reconoce a los trabajadores derechos orientados a facilitar su formación. En concreto, el Estatuto de los Trabajadores, en su artículo 23, establece el derecho del trabajador al disfrute de los permisos necesarios para concurrir a exámenes cuando curse con regularidad estudios para la obtención de un título académico o profesional. Como establece el Real Decreto que regula la relación laboral de los deportistas profesionales, debe aplicarse el Estatuto de los Trabajadores en todo lo que no sea incompatible con la naturaleza especial de la relación laboral del deportista, y el hecho de que un jugador de fútbol quiera aumentar su formación académica no genera ningún tipo de incompatibilidad.

Olvida también Esnáider, y esto trasciende cualquier consideración jurídica, la importancia de la formación para el mercado de trabajo y, más aún, para el desarrollo de nuestra personalidad. Porque, lamentablemente, son mayoría los jóvenes futbolistas que se estrellan antes de ser estrellas.